(Publicado en “La Nueva España” 13 Diciembre 1997)

SOBRE URBANISMO Y VANGUARDIAS

Leo en un “Babelia” de noviembre pasado, un artículo del arquitecto Fernández Galiano titulado, “La fiebre asiática”. El tema: la fascinación del arquitecto Rem Koolhaas - una de las estrellas mundiales de la arquitectura- por el crecimiento vertiginoso y caótico de la Delta del Río de las Perlas, una zona de China entre Cantón, Macao y Hong Kong. Tanto es así, que desde su magisterio en la Universidad de Harvard, el arquitecto holandés no duda en presentar dicho fenómeno como un ejemplo de lo que será la ciudad del futuro, a la que ha bautizado como “La Ciudad de la Diferencia Exacerbada”.

Fernández Galiano explica las características de dicha ciudad como “una nueva forma de coexistencia urbana, basada en fragmentos diferenciados y azarosos que se complementan o compiten entre sí, ajenos a toda planificación y conformados sólo por la combinación de las fuerzas económicas y las tendencias demográficas, adecuadamente engrasadas por la corrupción política”. Y todo ello le recuerda a lo ocurrido - salvando la escala- en la España desarrollista de los años sesenta; lo que le hace fruncir el ceño con extrañeza y dudar sobre el rigor intelectual de la propuesta del arquitecto de vanguardia.

Para mí, y supongo que para cualquier conocedor de la historia urbanística de Gijón, la descripción anterior concuerda con lo sucedido en nuestra ciudad a partir de los años cincuenta. Crecimiento demográfico espectacular: entre 1950 y 1975 la población pasa de 111.000 a 237.000 personas.

Ausencia de planificación: los planes urbanísticos existentes fueron ignorados sistemáticamente por la Administración. Fuerzas económicas: duplicar la ciudad en veinticinco años fue una oportunidad de negocio casi inimaginable para las mentes de hoy en día. Corrupción política y administrativa: el arquitecto municipal obligaba a compartir con él todos los proyectos de la ciudad a cambio de informes arquitectónicos favorables y la Corporación Municipal exponía la cuantía de las multas por incumplimiento urbanístico, para que el promotor eligiera “el delito” (número de plantas a edificar) que le rentabilizarían mejor las cifras del negocio.

En resumen, Gijón, sin pretenderlo era ya una “Ciudad de la Diferencia Exacerbada”, hace treinta años. Y el fenómeno tiene también otras coincidencias, pues aunque no éramos objeto de estudios de vanguardia en Harvard, cuando se investiga sobre el clima social que existía en aquellos momentos, parece que la ciudad se sentía encantada de lo que hacía, autocomplacida de que al fin “el progreso” nos convertiría en una “ciudad moderna”.

Cuarenta años después ya tenemos un balance fiable de adonde conduce la “Ciudad de la Diferencia Exacerbada” como para no deseársela ni a gentes tan lejanas como las de esa parte de China. La consecuencia es la siguiente: gran parte del esfuerzo colectivo municipal de los últimos veinte años han sido destinados a ir mitigando los desaguisados de dicha ciudad de la que todavía sufriremos sus secuelas durante muchos años.

Nuestro “Gijón de la Diferencia Exarcebada”, fue construido sin saneamiento, sin infraestructuras viarias, sin parques ni zonas verdes y deportivas, sin equipamientos escolares y sanitarios. Creció de forma desordenada y caótica allí donde pudo (los únicos lugares preservados fueron los ocupados por propiedades estatales o la industria), dejándonos una ciudad “collage” de arquitectura mediocre y densa.

El desarrollo urbano, ignoró, cualquier principio básico de la ciencia urbanística, como: ordenación de actividades en el territorio en cuanto posición y densidades, planificación y financiación de infraestructuras urbanas y de equipamientos públicos, por no hablar de “sutilezas compositivas y estéticas”, como la imagen de la ciudad y el respeto de los valores históricos, u aspectos tan trascendentes para el futuro, como la protección del medio ambiente.

Al fin y al cabo estas ciudades se caracterizan por “planificarse” de acuerdo con el único principio de construir, en la mayor proporción posible, las viviendas y edificios que puedan ser objeto de negocio, y evitando que el poder político, ejerza el contrapeso imprescindible para garantizar en el desarrollo urbano, la defensa de los intereses colectivos.

Imagino a las fuerzas económicas del Delta del Río de las Perlas, enriqueciéndose con sus negocios, ignorando cualquier necesidad colectiva y proclamando las excelencias intelectuales de su modelo, enseñado en la Universidad de Harvard. ¿Alguien puede dar más?. Desde Gijón, algunas ideas:
1. Les invitamos a darse una vuelta por nuestra ciudad para comprobar como son las ciudades cuando son construidas, solamente en función de los intereses del capital, sin ningún tipo de control público.
2.Manden a Rem Koolhas, en este caso, a ver la ballena, o a que cuente en Holanda a sus conciudadanos las bondades de la “Ciudad de la Diferencia Exacerbada”.
3. Copien, si pueden, el modelo del urbanismo tradicional holandés (ese si de vanguardia).

Y una última opinión, tengo la sensación que en esta ocasión , y perdonen la expresión, les están
engañando como a chinos.

Juan González Moriyón (arquitecto)

Gijón, Diciembre 1997